sábado, 19 de noviembre de 2016

RELATO BREVE: PRIMERA VISITA DE FRANCISCO DE LOS COBOS A SU PALACIO DE BÁSTULA (ÚBEDA)

Querido lector, cualquier novela siempre es un ciclo comenzado que, al igual que otras cosas de la vida, difícilmente se cierra. Creo que queda mucho aún por escribir de “La triste mirada del artista”. Comienzo una serie de pequeños artículos, desde un punto de vista muy personal, de las sensaciones que muchos de los personajes de la novela tendrían al pasear por las mágicas calles de Bástula. Para comenzar, he elegido la figura del inigualable Francisco de los Cobos, del cual podréis leer más en el siguiente enlace: 

http://ubeda.com/Francisco_De_Los_Cobos/index.htm 

Tras recapacitar sobre este proyecto, me gustaría poder describir la posible sensación que Francisco de los Cobos pudo tener al entrar por primera vez en su palacio de Úbeda. Las siguientes líneas, son meramente informativas y sacadas de internet: 

https://es.wikipedia.org/wiki/Palacio_de_Francisco_de_los_Cobos 

No obstante, creo que servirán como punto de partida para poner en antecedentes al lector. Con ellas, espero que se hagan una posible idea de lo que antaño llegó a ser este palacio:

Su Palacio en la ciudad de Úbeda, que formaba parte de un extenso programa artístico en el que se incluían la Sacra Capilla del Salvador (diseñada como iglesia-panteón del Palacio), la nonnata Universidad de Úbeda y el Hospital de los Honrados y Venerables Viejos del Salvador.

En éste conjunto palaciego, centró el gran mecenas ubetense buena parte de sus esfuerzos por ennoblecer los símbolos de su linaje, pretensión que sería culminada con la construcción de su capilla funeraria. La atención que dedicará a este edificio es congruente con la ideología imperante en la alta nobleza del Renacimiento español —que en este caso asumía unas ideas de ascendencia medieval— y con las ansias de reconocimiento social mostradas por Cobos a lo largo de toda su vida.

Se construyó sobre el solar del antiguo palacio paterno que él quería venerar, en el barrio de Santo Tomás, por tanto las obras se vieron condicionadas por el pie forzado de unas construcciones antiguas lo cual repercutía tanto en su arquitectura como en su integración urbanística, pero formaron parte de un conjunto monumental magnífico, como evidencia la cercanía de la Capilla del Salvador.

A partir de 1506 Cobos empezó a comprar casas colindantes con la casa paterna, para ampliarla. En la primavera de 1531 se hizo con otras dos parcelas anexas a sus propiedades, y poco después contrató al arquitecto Luis de Vega —el mismo que dirigiese las obras de su palacio vallisoletano— para que trazase el proyecto.

La sobriedad de su fachada destaca por contraste con la riqueza decorativa de la capilla. Sólo el entablamento liso con una cruz de Santiago entre dos veneras, y, en el mismo eje de la puerta, una amplia ventana, que no llega a desarrollar balcón, destaca en la amplia fachada en cortina de sillares. Los emblemas de la Orden de Santiago, evidencia el cariz publicitario de éste símbolo y el deseo propagandístico de sus propietarios, hecho que podemos ver reflejado también en otras muchas pertenencias de Cobos, como en el patio de su castillo-palacio de Canena o su capilla de El Salvador.

El patio y la huerta se situaron sobre un antiguo cementerio judío. Para su palacio de Úbeda don Francisco había encargado, a través del embajador en Roma Micer Mai, una bellísima fuente de piedra. También, en diciembre de 1531, Micer Mai anunciaba la llegada a Alicante, junto a la fuente que aún conservamos, el envío de un busto de Apolo, "una de las buenas piezas de Italia"... buena parte de estas obras de arte estarían destinadas a la decoración de su palacio en Valladolid, donde Cobos debería atesorar otro tipo de piezas exóticas y valiosas, cuáles eran los regalos que Hernán Cortés o Pizarro le habían hecho.

No sabemos, en cambio, si don Francisco llegaría a estar en posesión de una pequeña "cámara de maravillas", una "wunderkammern" manierista, siguiendo la creciente moda coleccionista europea y el propio ejemplo del Emperador. Con cámara o sin ella, lo cierto es que Cobos debió de apreciar y poseer este tipo de objetos "raros" y preciosos, como el manuscrito azteca, posible regalo de Cortés, encuadernado en piel de tigre, que el Comendador entregó al historiador Giovio en Nápoles.

En el siglo XIX fue incendiado y saqueado, perdiéndose la extraordinaria colección de pinturas y otras obras de arte atesoradas en su interior. En el siglo XX otro par de incendios cuando ya era una casa de vecinos, acabó por tirarlo al suelo.

Puestos ya en antecedetes, comienzo ya con el breve relato de la primera visita de Francisco de los Cobos a su nuevo palacio: 

Aquel día podría marcar un punto de inflexión en la vida de Francisco. Tenía un palacio espléndido en Valladolid, pero anhelaba poder visitar su amada Bástula cuando quisiera. Para su desgracia, no había ningún tipo de vivienda en la que pudiera sentirse como en casa. Hacía tiempo que le había encargado al arquitecto Luis de Vega la construcción de su nuevo palacio. Quería vivir en la casa en la que siempre había estado haciéndolo su familia, pero quería vivir según el estatus que había adquirido. La casa, pese a no ser pequeña, no se asemejaba a lo que ahora le gustaba a Francisco. Hoy, tras demasiado tiempo esperando, podría al fin contemplar lo que sería uno de los momentos más importantes de su vida.

Hacía unos cuantos años, cuando conversaba con varios de sus amigos y les contaba lo que tenía reservado para su amado Bástula, lo tildaron de loco. ¿Cómo iba a construir semejante complejo en un pueblo? Un palacio, una capilla funeraria, una universidad y un hospital, y todo ello sufragado con el capital de una sola persona. Sueño o no, hoy contemplaría la primera pieza del rompecabezas, su palacio.

Francisco estaba nervioso. Las últimas horas de viaje se le habían hecho eternas. Por más cómoda que fuera la carroza en la que viajaba, era incapaz de dormir. ¿Habría merecido la pena tanto esfuerzo y sacrificio? Si Luis de Vega había hecho un trabajo similar al de su palacio en Valladolid, estaba convencido de que sería una obra digna del mismísimo Carlos V.

El sol lucía con fuerza y Francisco al fin contemplaba las murallas del alcázar. Bástula se erguía majestuosa y él, demasiado nervioso, no veía la hora de entrar en la ciudad. Había decidido que la puerta más cercana a su palacio era la de Santa Lucía, así que dio la orden de entrar por ella. Pese a ser una de las más sencillas de la ciudad, a Francisco siempre le había parecido que era la más hermosa.Tras unos eternos minutos de espera, divisó en la lejanía la figura de un hombre que estaba esperando. Estaba convencido de que era don Luis, ¿quién iba a estar allí de pie frente a la puerta de un imponente edificio que se levantaba hacia el cielo? No, no se equivocaba. Se bajó de la carroza y se dirigió hacia el lugar en el que, paciente, lo aguardaba Luis de Vega.

—Don Francisco, ¿qué tal ha hecho el viaje?

—Demasiado largo, don Luis. Esta lenta agonía, a la que yo mismo me he sometido, estaba consumiéndome. Espero que no me decepcione.

—Sé lo lento que ha debido transcurrir todo este tiempo para usted. No obstante, me enorgullezco de hacerle hoy entrega de las llaves de su nuevo palacio.

Francisco contempló la maravillosa fachada que se alzaba ante sus ojos y era tal y como él la había pedido. 

«Don Luis, deseo que la fachada de mi nuevo palacio no contenga ningún tipo de alarde arquitectónico. Deseo que la fachada de entrada se convierta en el telón que oculte lo que tras ese muro se esconde. Deseo que en el entablamento liso aparezca una cruz de Santiago entre dos veneras y, en el mismo eje de la puerta, una amplia ventana. Y sí, don Luis, esa ventana no deseo que llegue a desarrollar balcón».

Con cuidado, don Luis abrió la enorme puerta de madera maciza que daba acceso al interior. Todo el espacio que contemplaban sus maravillados ojos se estructuraba en torno a un patio central. En este, y tal y como había pedido el mecenas, tenían cabida los elementos principales de la vida: El fuego, en la luz del sol que lo bañaba durante la vida; el agua, derramada en una mágica melodía a través de la fuente que se erguía en el centro del patio; el aire, encontrado en cualquier rincón del patio y la tierra, esa que había albergado el mayor de sus sueños. El patio en sí era ese microcosmos con el que siempre había soñado. Dos impresionantes galerías porticadas, la inferior con arcos de medio punto y la de arriba con carpaneles, completaban el maravilloso paisaje pétreo. El conjunto lo completaban los maravillosos capiteles de temática heráldica que serían de colofón a las blanquísimas columnas marmóreas traídas desde Carrara.

—Espero no haberle decepcionado, don Francisco. Sé que había depositado toda su fe en el trabajo de este humilde arquitecto.

—Si hay algo que se parezca al paraíso, mi querido Luis, es este patio. Ha sido capaz de dejarme sin palabras y eso es algo que no se consigue fácilmente.

Lo que parecía algo impensable que ocurriera, ocurrió durante esa visita. En el recto carácter y serio semblante de un hombre de estado, Luis de Vega había conseguido dibujar una amplia sonrisa. Esta, se alargaría durante todo el resto de la visita. Había conseguido que fuera feliz y su gesto así lo representaba.

Tras descansar y tomar un copioso almuerzo, Francisco regresó a la capital. Tenía demasiado trabajo pendiente y un a un emperador que cada vez depositaba más confianza en lo que hacía. No obstante, y pese a las pocas horas que pasó en Bástula, Francisco se iba feliz. Soñaba con el día en el que el palacio estuviera completamente acabado y amueblado. Ansiaba poder ir de visita durante la temporada de verano a su amada Bástula.


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